sábado, 22 de septiembre de 2007

De viaje por el Níger

…. Y un buen día, con no sé cuántas horas de retraso con el horario que me había previsto, conseguí empezar a navegar por el río Níger. Mi idea inicial era navegar por el río Congo, pero vistos los problemas de todo tipo que iba a tener allí, empezando por el de sobrevivir, me cambié de río y como el Níger también estaba en mi mente desde una eternidad, no fue difícil escoger. Ha sido toda una experiencia de la que no me arrepiento en ningún momento. Por cierto, sigo constatando que aquí es inútil preguntar: “¿Cuándo llegaremos?, ¿Cuándo esto o cuando lo otro…?”. Preguntar se puede, pero ¿para qué?. Al principio de empezar este viaje, puedo entender que tuviera ese tipo de errores, pero ahora es imperdonable por mi parte, aunque supongo que lo seguiré haciendo hasta el final, soy un europeo cabezón.
En los viajes por un rio, o en cualquier viaje supongo, no se debe acudir con prisas. Como le ocurría al barquito, hay que dejarse llevar, y tienes tiempo para pensar, para buscar, para intentar encontrar el sentido a las cosas, a tu propia vida, pensar en lo que no somos y nos gustaría ser. Como leí una vez “el viaje por río es el viaje”. Llegar bajando el Níger hasta Tombuctú es un sueño que estaba a punto de cumplir.
El barco estaba lleno a rebosar, como ocurre en todo por otro lado, incluso había mercancías, pescado que iba y venía (no andando, se entiende), piezas de qué sé yo, y cosas, y gente y el “capitán” que me dice algo como: “Pase y póngase cómodo”, como si estuviese de crucero por el Caribe. Y yo pensando: “¿Y dónde rayos hay sitio aquí para ponerme cómodo?”. Íbamos lentos, lentos, con motor, pero tan lentos que hasta los pescadores en sus pinazas nos adelantaban a veces o se ponían a nuestro lado para vender pescado. Al poco tiempo de salir, vi el primer hipopótamo y después manadas y manadas. Y cientos de pájaros. Por la tarde, todavía se veían más aves y los hipopótamos, que por la mañana sólo sacaban las orejas, se dejaban ver casi enteros.
Para los niños del barco, yo era la atracción principal. Nos poníamos a nombrar a los pájaros, ellos en su idioma y yo en el mio: “Mira garzas, un águila… waw, cormoranes…”. Ellos lo repetían en castellano y se morían de la risa, y si yo lo decía en su idioma ya no podían dejar de llorar. Al caer el sol, venían los mosquitos y eso si que era un problema. Aunque pasé horas y horas en ese barco, no me aburrí en ningún momento, sólo con ver los animales, la vida que había en el barco, todos los que querían saber qué pintaba yo allí, las aldeas que vas viendo en el camino, los pescadores, las mujeres trabajando (como casi siempre), mis “batallas” con los niños.. A veces, el río se ensanchaba tanto que no veíamos la orilla, y otras se veían pequeñas islitas donde vivían pescadores en diminutas aldeas. Al oírnos pasar, siempre salían montones de niños que al verme se ponían a gritar como locos. Aquí soy toda una estrella, a veces me siento como Supermán.
Durante el día, siempre estamos parando en poblaciones para cargar o descargar mercancías o gente. Aprovecho para salir y dar una vuelta a estirar las piernas. Algunas de estas aldeas no son más que una o dos chozas en forma de iglú con ramas, y otras veces tienen hasta una mezquita alucinante, como un Tombuctú en miniatura. Es toda una gozada darse un paseo en cada parada, por eso no me importa parar mil veces, aunque no sepa cuando voy a llegar nunca a ningún sitio. El sonido más característico de estas aldeas es el sonido que hacen las mujeres con los morteros al machacar el mijo, con lo que hacen las tortas que luego comen. Por las noches, dormimos en estas aldeas. Se hace un fuego, porque por las noches hace frio, se compra pescado para la cena y me pongo a “hablar” con la gente de la aldea; a veces nos entendemos mejor y otras peor. Es interesantísimo lo que me dicen, unos y otros. Por ejemplo, echan pestes de las ONGs occidentales; dicen que éstas reparten comida, pero que eso es terrible para su economía, porque la gente no trabajaba, se acostumbraba a esa forma de vida. Además, los alimentos solían acabar en los mercados en vez de repartirse. Yo suelo escuchar, sin meterme en las conversaciones, pero a veces lo hago: “¿Y qué pasa con la gente enferma que no puede trabajar?. A veces las ONGs si les ayudan, ¿no?”, y me dicen: “En África el que no sirve se muere, así es la cosa”. Me temo que así es la cosa, y no sólo en África.
Los atardeceres en el río son un espectáculo. De pronto un sol grande y cobrizo que se queda como suspendido en el cielo, apenas un segundo sobre la línea del horizonte, te da un guiño y se precipita a esconderse, muy rápido como si estuviera agotado de todo el día trabajando. Y vaya si trabaja, os lo puedo asegurar.
Llegamos a Mopti y me despido de todo el mundo, pues voy a estar unos días por esta zona. Hay unos cuantos sitios que quiero ver por aquí. Ese día dormí en un hotel, después de tantos días por el suelo. Y mi cama hasta tenía mosquitera, vaya lujo. Sigo teniendo suerte con los mosquitos, no me pican y si lo hacen no me entero.
Mopti es una gran ciudad, creo que tiene más de 80.000 personas y sigue creciendo de todos los que vienen del campo, huyendo de sequías, de plagas, de guerras, del hambre… de todos los jinetes del Apocalipsis. Es la historia de todas las ciudades en África. Tiene un puerto enorme que me deja asombrado. Tengo que preguntar por un nuevo barco a Tombuctú, pues si tarda tanto en salir como desde Bamako, tengo tiempo de sobra para ver todo lo que tengo en mente. Cielos, toda una mañana regateando el precio. Me estoy convirtiendo en un agarrado o qué¿?????. Es que no soporto que me tomen por un rico europeo, ni por un turista idiota. Me voy muy enfadado y tengo que volver varias veces a ver si el dueño del barco ha “meditado” suficientemente… Nada, que me sigue tomando por idiota. Al final, un crío de esos que siempre encuentras, me saca del lío. A mi me da igual el tipo de barco que sea, así que me encuentra una “pinaza” de mercancías en la que “me pueden llevar a Tombuctú dentro de unos días”. Perfecto, eso lo que quiero.
El mercado de Mopti es increíble, un océano de color, por las ropas de las mujeres. Me encanta…En el rio todos se lavan después de un día de trabajo, y la ropa, las cabras, todo… Yo también lavo la ropa aunque con un resultado desastroso; creo que se me ensucia más pero por lo menos le quito el polvo. Vaya pinta de guarro que llevo, pero así no me toman por un europeo rico. Ya necesito muchas cosas que se me han terminado pero no sé cuando voy a ser capaz de comprarlas.
Quiero ir a Djenné que está a unas horas de Mopti. Alquilo un coche con unas chicas suizas que están también en mi hotel. El coche parece una pieza de coleccionista de chatarra. ¿Eso va a andar?. El chofer va incluido en el precio porque no me veo conduciendo un “aparato” así. Si pasábamos por un charco entraba agua por abajo, las ventanillas suben y bajan como en un coche fantasma. Una de las chicas suizas no para de sonreir y de dar caramelos a los niños, y quiere fotografiar a todo y todos, provocando lios cada dos pasos. Mientras salimos del décimo lío en que nos ha metido, la miro sonriendo, mientras me la imagino en una cazuela cocinada por salvajes antropófagos; si supiera lo que estoy pensando. Ahora está intentando enseñarle al coger algunas palabras en inglés, y el individuo la mira a ella más que a la carretera. Nos la vamos a pegar…
Según los datos que me habían dicho de Mopti a Djenné se tardaba dos horas, nosotros tardamos el doble, como siempre. Nada más llegar, aparecen un montón de crios que te quieren enseñar la ciudad. Yo, desde Marruecos, me he dado cuenta de que vienen muy bien, aunque a veces te gustaría estar solo. Aquí, todos se llaman “Gogo”. Pues hala, me “hago” con un “Gogo” y les digo a las suizas que nos vemos dentro de tres horas: la suiza “simpática” ya está bailando en medio de un mercado… puaf. Mi Gogo lleva una camiseta blanca o que un día fue blanca, rota por mil sitio, en donde ha pintado “Raúl”. Caramba, ese es un jugador del Real Madrid. Me dice que es su equipo y que cuando sea mayor quiere irse a jugar al futbol a Europa. Me lo decía tan seguro que es co o si ya tuviese ofertas de varios sitios y le costara decidirse.
Djenné es auténticamente una maravilla mágica, como una ciudad hecha de chocolate, o al menos en eso pensé yo. Por cierto, ¿cuánto hace que no como chocolate?. ¿Será que estoy teniendo un espejismo?. Toda una ciudad de adobe, con gruesos muros, y formas redondeadas, geométricas… la mezquita es puro Gaudí. Ahora sólo pueden pasar por dentro los musulmanes, qué lástima sentí. Está en un estado perfecto, como recién hecha para ponerle la velita del cumpleaños encima. Gogo me cuenta que todos los años, en abril, todo el pueblo trae arena y agua del rio para mezclarlo con paja, y así vuelven a cubrir enteramente la mezquita. Así todos los años, para que no estropee.
Se escucha la llamada del muecín y me meto por calles estrechas, por un laberinto que sale desde la mezquita. El calor era tremendo, así que me alegro de estar por sombras en estas calles. Una ciudad increíble, preciosa, un sitio donde tienes la sensación de estar en un lugar muy antiguo al que tú también perteneces aunque sea por unas horas.
De vuelta en Mopti busco quien me puede llevar a conocer el país Fogón. Hay que alquilar otro coche, esta vez con holandesas y un australiano. Las holandesas apenas hablan y el australiano es hiperactivo y no para de moverse; si tuviese un sitio para el sólo no me importaría, pero cada vez que lo hace, yo me clavo los hierros de mi asiento. Uffffff. Vamos por una zona casi desnuda de vegetación, con extrañas rocas erosionadas por el viento; a veces, me recuerda el lejano oeste y las películas de John Ford. Empezamos a ver los primeros poblados Dogón, pero los mejores están por venir. Son unos poblados increíbles, llenos de simbolismo, donde cada casa ocupa su lugar por una causa. Hay una casa para las mujeres, que es un gran edificio circular que está a las afueras del pueblo. Cuando tienen el período se aíslan en ella durante cinco días…. caramba.
Hacemos dos días de trekking entre los poblados. Llegamos hasta un cañón que lleva al borde de un acantilado. Los pueblos más espectaculares están debajo de enormes paredes de roca; allí están como protegiéndose. Al estar tan aislados, son de los pueblos que mejor han conservado sus costumbres, aunque ahora llegan cientos de turistas.. como yo, y eso será bueno y malo. Tienen una pequeña influencia del islám, pero también una religión muy antigua basada en símbolos. Actualmente, hay cientos de estudiosos occidentales que intentan comprender dichos símbolos. Yo no lo intento, sólo me dejo llevar por lo increíble de este sitio.
Esta gente vive sobre todo de la agricultura, del mijo, que se pone a secar en los tejados, y después se guarda en graneros hasta la siguiente cosecha. Cada día hay mercado en un pueblo distinto. A veces. Vamos andando hasta que aparece una muralla de rocas delante, y nos decimos “¿Y ahora qué?. ¿por dónde pasamos?”, hasta que mirando mejor, vemos escaleras de madera entre las paredes increíbles. Quien conozca los poblados de Mesa Verde en Estados Unidos, es muy similar en muchas cosas, excepto que aquí la vida continúa casi igual que hace siglos y siglos, y en Estados Unidos son restos arqueológicos. Esa es la gran diferencia.
Me habría gustado quedarme mucho más tiempo allí y visitar en profundidad toda la zona, y todos los pueblos, pero el barco me espera, y me da miedo perderlo con lo que me costó encontrarlo. Otro sitio más que me gustaría volver a ver, y perderme una temporada larga. Esto es terrible, en vez de quitar cruces de mi ya larga lista, no hago sino poner nuevas, más y más… y si me dejo una zona sin ver, sueño con ella de noche. Es como si estuviera enganchado a una droga que se llama viajar y viajar. Y cada sitio que veo me parece mágico, excepto las grandes ciudades a las que me cuesta encontrar el encanto, aunque también lo tienen como el mercado de Mopti y un sitio que he descubierto al lado del río, desde donde se ve una puesta genial de sol. Todo tiene su magia, sólo hay que saber buscar.

Como me imaginaba, la pinaza no ha salido todavía, y aún tengo que esperar un día más para volver a salir. Esta vez es como una canoa grande y vamos muchos menos, sólo somos nueve. El río se vuelve diferente en cierta manera, como más perezoso, se ensancha, se llena de islas, de canales donde no me atrevería meterme y que son auténticos laberintos. Ahora no tiene ninguna prisa por llegar al mar. Como casi no hay desnivel, a veces no sabes si vas o vienes.
Durante el día el sol pega a base de bien, así que todos dormitamos a la sombra del toldo; a veces corre una brisa que es una bendición. En cambio cuando empieza a caer el sol, todo el mundo revive de nuevo y empiezan a aparecer cientos de aves y otros animales que se acercan a la orilla a beber. Navegamos hasta que el capitán encuentra un lugar seguro y agradable para dormir y ahí monto mi tienda. Al despertar la desmonto, desayuno algo de lo que compré en Mopti y me preparo para ver lo que ese día me tiene preparado el río: vas viendo preciosas mezquitas de adobe, hablas con la gente de barco, duermes la siesta, ves y vives un poco la vida del río, los niños juegan y se bañan y me gritan, las mujeres lavan la ropa en la orilla esas telas de miles de colores, los hombres pescan, las cabras y otros animales andan sueltos por todos lados, comiendo lo que encuentran (a mi ya me han birlado la comida más de una vez). Me imagino que la vida en este río no ha cambiado desde hace siglos, todo sigue igual. Cada aldea por la que pasas pertenece a una etnia diferente, con diferentes idiomas, peinados, costumbres por supuesto… abro los ojos lo más que puedo para no perderme nada, porque las imágenes son constantes; todo es un mundo nuevo para mi, no podría estar más asombrado si aterrizase de repente en la luna.
Llegamos a Youvarou que es una gran población que está a mitad de camino. Tenemos que esperar a que lleguen unos sacos de arroz. No sirve de nada desesperarse, así que me voy a dar una vuelta. Babá, uno de los amigos que he hecho en el barco y que trabaja en él, me dice que le siga y me lleva hasta una casa de adobe como las demás. Allí varios viejos toman té. Como siempre me recibieron muy amables y me ofrecieron té. Me contaron historias del río, de los “genios” que viven en él. Babá me traduce en inglés lo que ellos dicen, y me cuenta que uno de ellos es un chamán que mediante la utilización de plantas se puede poner en contacto con los genios. Yo le miro con la boca abierta y empiezan a darme calambres en el estómago de la emoción. Todos hablaban muy lentamente, a veces se hacían silencios de minutos, pero sin dar sensación de vacío, sino de paz; dos mujeres entraban de vez en cuando para traer más té. Estuvimos allí casi seis horas, hasta que Babá y yo nos acordamos del arroz y volvimos al mundo de la realidad. Salimos corriendo hacia el barco pero NADA… el arroz todavía no había llegado. Un día entero le estuvimos esperando, pero no me importó en absoluto, todavía estaba como encantado con la visita que habíamos hecho: creo que realmente estaban en contacto con los “genios” del río y desde entonces cuando lo miraba en la oscuridad, no paraban de darme escalofríos, uhmmmm. ¿Tendrá nuestro Manzanares también algún tipo de genios?. ¿Aunque sean más pequeñitos y beban vino de Rioja?.
Desde ese día Babá y yo nos veíamos de forma diferente, ahora éramos como cómplices. Me contaba historias y me decía que todavía tenían que pasar muchos años antes de que se murieran, “porque mientras la gente crea seguirán vivos”. Ellos eran los dueños del río y si se enfadan mandan grandes vientos para volcar las pinazas. Cielos, espero que nadie haga nada para enfadarlos pero la última noche antes de llegar a Tombuctú si que tuvimos un temporal de agua y arena que no nos dejó llegar hasta ninguna aldea. A las tres de la tarde, Babá me dijo con voz sabia: “Pronto tendremos mejor tiempo”. (Teníamos 50 grados y un cielo azul completamente libre de nubes). Pensé para mi: “Otro genio “habemus””.
Por fin llegamos a Tombuctú, bueno cerca. A Kabara, un puerto a 10 kms. de la ciudad, porque Tombuctú no está en el río. Antes, en la época de lluvias estaban unidas por canales, pero desde hace años por la sequía, cada vez está más aislada.
Estoy alojado en un hotel con ducha, wawwww… El cuarto es pequeño y caluroso, pero la ducha vale por todo. Al principio el agua salía de un color marrón que me tenía bastante preocupado, pero cuando salió del color apropiado me di una ducha de las que se recuerdan en mucho tiempo. Luego caí en la cama y dormí ¿12 horas? Seguidas.
Llevó aquí sentado escribiendo esto otras cuantas horas, que espero agradezcáis en su justa medida y ahora me voy a descubrir la ciudad de una vez por todas. Sigo lo antes posible…

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